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El corazón del problema

ene 19, 2016 | Sugel Michelén

Serie: El evangelio de Marcos

17 de Enero, 2016

Por Sugel Michelén

EL CORAZÓN DEL PROBLEMA

(Mr. 7:1-23): 

Introducción:

Uno de los pensadores más brillantes, y más sombríos, del siglo XX fue el escritor austríaco Franz Kafka. En una de sus novelas más conocidas titulada “El proceso”, un hombre llamado Joseph K., es arrestado sin saber por qué. A partir de ese momento, el señor K. va pasando de un tribunal a otro sin saber de qué se le acusa. Nadie le dice qué es lo que ha hecho mal, por lo que se pone a repasar en su mente las posibles acusaciones que podían tener contra él: ¿Habrá sido por esto o tal vez porque hice aquello? Pero ninguna cosa le parece lo suficientemente mala como para poder explicar el proceso judicial al que está siendo sometido. Es una experiencia terrible que se prolonga por 12 meses, un año completo. Hasta que un día dos guardias llegan a buscarlo, y uno de ellos lo apuñala y muere. Nunca se enteró de qué se le acusaba.

Esta novela tan oscura ha sido analizada de muchas maneras desde que fue publicada por primera vez en 1925. ¿Cuál era la intención del autor detrás de la historia del señor K.? Hay algo que Kafka escribió en uno de sus diarios, y que muchos han visto como el tema de la novela; dice él: “Independientemente del sentimiento de culpa, el estado en el que nos encontramos es pecaminoso”.[1] En otras palabras, vivimos en un mundo en el que muchas personas dicen no creer en el pecado, y mucho menos en que al final de la historia compareceremos ante el tribunal de Dios para ser juzgados; pero aún así tenemos la sensación de que estamos sucios, de que hay algo que no anda bien en nosotros.

Podemos tratar de esconder ese sentimiento de muchas maneras, pero es algo que está allí todo el tiempo, porque el Dios que nos creó puso una conciencia en nuestro interior que pasa juicio sobre todo lo que hacemos. Es como una alarma en el corazón que difícilmente puede ser acallada. Todos tenemos que lidiar con la culpa, pero no todos los hacen de la misma manera. Y es ahí precisamente donde entra en juego el pasaje que vamos a estudiar en esta mañana, en los primeros 23 versículos del capítulo 7 del evangelio de Marcos. Este es uno de los capítulos más teológicos del evangelio de Marcos y uno de los más cruciales para entender la enorme diferencia que hay entre el cristianismo y todas las otras formas en que los seres humanos intentan tratar con el problema de la culpa. Lean conmigo los versículos 1 al 5 para poner esta historia en su contexto.

LOS LEGALISTAS ANULAN LA PALABRA DE DIOS POR SEGUIR TRADICIONES HUMANAS:

Es bueno lavarse las manos antes de comer, sobre todo cuando son alimentos que se agarran con las manos, como el pan por ejemplo. Pero la preocupación de los fariseos en este pasaje no era higiénica, sino religiosa. Marcos dice en el versículo 3 que todos los judíos se lavaban las manos cuidadosamente antes de comer, “observando así la tradición de los ancianos”. Y luego, en el versículo 5, dice que los fariseos acusaron a Jesús de que Sus discípulos no andaban “conforme a la tradición de los ancianos”.

¿De cuáles tradiciones es que el Señor está hablando aquí? De los ritos y ceremonias que los rabinos le habían añadido a la ley de Moisés para asegurarse de que la estaban obedeciendo al pie de la letra. En el AT Dios había ordenado ciertos rituales de purificación, como una ayuda visual para que los judíos percibieran la necesidad que tenían de ser limpiados de sus pecados antes de poder entrar en la presencia de Dios.

De manera que estos ritos de purificación no eran un fin en sí mismos, como si el hecho de lavarse bien pudiera de alguna forma eliminar de nuestros corazones la mancha del pecado. Esos rituales tenían la intención de preparar al pueblo para la llegada de un Salvador que iba a hacer por ellos lo que ningún jabón del mundo puede hacer, ni ningún ritual tampoco. El problema del hombre espiritual y requiere de un remedio espiritual.

Es por eso que en Deut. 10:16 Moisés le dice al pueblo que ellos debían circuncidar sus corazones. La circuncisión que se llevaba a cabo en el cuerpo, físicamente, apuntaba hacia una solución más radical al problema del pecado y de la culpa. En Jer. 2:22 lo dice de una forma más impactante: Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá… delante de mí, dijo Jehová el Señor”. El lavado del cuerpo no puede quitar la mancha que tenemos en el alma. Pero los líderes religiosos de Israel perdieron de vista el verdadero significado de estos rituales y llegaron a pensar que el mero hecho de practicarlos los ayudaría a ganarse el favor de Dios. Estos hombres llegaron a ser los máximos exponentes del legalismo en los días del Señor Jesucristo.

¿En qué consiste el legalismo? Básicamente, en tratar de ganar el favor de Dios a través de nuestra obediencia a un conjunto de leyes y normas. Mientras el evangelio nos mueve a la obediencia por el hecho de haber sido aceptados por Dios sobre la base de la obra redentora de Cristo, el legalismo nos dice que debemos obedecer para ser aceptados.

Por supuesto, cuando uno piensa que puede ganarse el favor de Dios a través de la obediencia a ciertas reglas, hay dos cosas que van a suceder con toda probabilidad. La primera es que vamos a añadir nuevas reglas a la ley de Dios, porque queremos estar seguros de que estamos haciendo las cosas exactamente como debemos hacerlas, de que estamos ponchando los botones correctos.

Eso era lo que hacían los escribas y fariseos, reinterpretaban y re reinterpretaban los mandamientos de Dios, colocando sus propias aplicaciones de la ley al mismo nivel de la ley. De ese modo desarrollaron una súper estructura de regulaciones sumamente opresiva. Y no piensen ni por un momento que nosotros no podemos caer en esa misma trampa en el día de hoy.

Por ejemplo, yo creo que la Biblia enseña que debemos apartar este día para darle descanso a nuestro cuerpo y para tener comunión con el Señor como no podemos hacerlo en el resto de la semana por causa de nuestras ocupaciones. Ahora, lo que eso significa en la práctica puede variar de un creyente a otro. Tal vez alguien decida tomar una buena siesta después de comida para poder descansar, mientras que a otro le conviene irse a caminar un rato para poder oxigenar el cerebro y estar más despierto en el culto de la tarde. Y todavía existe la posibilidad de que algún creyente no necesite de ninguna de las dos cosas, sino que prefiera quedarse toda la tarde leyendo su Biblia o algún otro libro que le sea de edificación.

Ahora, imagínense lo que sucedería si cada uno de ellos, sobre todo el tercero, convierte su práctica en una regla universal “que todo creyente debe seguir si de verdad quiere hacer un buen uso del día del Señor”. Eso era lo que hacían los líderes religiosos de Israel, y terminaron destruyendo el propósito por el que Dios instituyó este día. Porque en vez de ser un tiempo deleitoso en la presencia del Señor, lo convirtieron en una carga difícil de sobrellevar. Así que lo primero que va a suceder es que vamos a añadir nuevas leyes y regulaciones.

Lo segundo es que, tarde o temprano, esas nuevas reglas van a llegar a ser más importantes que los mandamientos de Dios revelados en Su Palabra. Esa es precisamente la acusación que el Señor le hace a los fariseos aquí. Los legalistas anulan la Palabra de Dios para seguir sus tradiciones. Comp. Mr. 7:6-8. El único que sabe cuál es la forma correcta de acercarnos a Dios es Dios mismo. Cuando ponemos a un lado Su Palabra para seguir tradiciones humanas, lo estamos adorando en vano, porque no lo estamos haciendo de corazón. Es una hipocresía, dice el Señor, porque ellos profesaban ser seguidores de Dios, pero eran, en realidad, seguidores de los hombres.

Ellos cumplían fielmente con “la tradición de los ancianos”. Pero ¿qué de la devoción del corazón? Es más fácil lavarse bien las manos antes de comer que adorar a Dios con un corazón que en verdad se deleita en Él y no en nadie más. Estos hombres estaban más preocupados por sus rituales externos que por la realidad de un corazón que anhela estar más cerca de Dios.

De nuevo, permítanme poner un ejemplo práctico. Todo creyente debe apartar un tiempo cada día para estar a solas en comunión con el Señor orando y leyendo Su Palabra. Y de la misma manera, todo creyente debe venir a la iglesia cada domingo para adorar a Dios junto a Su pueblo y ser edificado por medio de las Escrituras. Pero si estás haciendo todo eso como un ritual externo, creyendo que por el mero hecho de hacerlo te vas a ganar el favor de Dios, estás haciendo lo correcto por una motivación incorrecta, y eso no le va a hacer ningún bien a tu alma.

Debemos congregarnos con el pueblo de Dios cada domingo, porque es en medio de esta reunión donde Dios ha prometido manifestar Su presencia especial, y nosotros queremos estar donde Dios está (comp. Sal. 133). Debemos apartar un tiempo cada día para leer la Biblia y orar. ¿Por qué? Porque Dios nos habla a través de Su Palabra y nosotros derramamos nuestros corazones delante de Él por medio de la oración. Pero el legalista se conforma con el cumplimiento externo de su deber, sin darse cuenta de que su supuesta adoración no sirve de nada, porque su corazón está lejos de Dios; lo que él hace externamente no es congruente con lo que en realidad está sucediendo en su interior.

El corazón es el centro de tu adoración. No importa lo que hagas externamente, si tu corazón no está involucrado, tú no lo estás. La verdadera adoración fluye de un corazón que se deleita en Dios y que se mantiene en pie de guerra contra todos los ídolos que quieren ocupar ese trono. Pero la hipocresía de estos hombres no se quedaba ahí. Cuando nuestra obediencia a ciertas reglas no es más que un mecanismo para tratar de “obligar a Dios a bendecirnos”, terminaremos anulando la Palabra de Dios para seguir esas reglas, como decíamos hace un momento.

Miren el ejemplo que pone el Señor en los versículos 9 al 13. La ley de Dios establece claramente que los hijos deben honrar a sus padres, y eso incluye el hecho de cuidar de ellos cuando ya no pueden cuidarse por ellos mismos. Este mandamiento era tan importante que en el AT si un hijo maldecía a sus padres, o los dañaba intencionalmente de alguna forma, la ley mosaica ordenaba que se le aplicara la pena capital. Así de serio era esto. Pero los fariseos encontraron un subterfugio teológico para no tener que obedecer el quinto mandamiento. Si un hijo decía que aquello con lo que hubiera podido ayudar a sus padres era “corbán” (una palabra hebrea que significa “dedicado a Dios”), ya no tenía que hacer nada por ellos.

Aquí está el truco. La regla del corbán decía que si una persona dedicaba algo a Dios, podía seguir usándolo a lo largo de su vida, pero no podía dárselo a nadie más. Cuando la persona moría, las cosas que había dedicado para Dios eran llevadas al templo. Mientras tanto los hijos se libraban de la responsabilidad de tener que cuidar a sus padres, bajo el alegato de que habían dedicado sus bienes a Dios. Y este es solo un ejemplo de muchos, dice el Señor en el vers. 13.

¡Increíble la hipocresía de estos hombres! Escondían su desobediencia a los mandamientos de Dios en un manto de devoción. Esa es la ironía del legalismo, que añadiendo reglas a la ley de Dios, termina restándole mandamientos a la ley, porque lleva al hombre a descuidar lo que realmente es importante para Dios por estar más preocupados de lo que es importante para los hombres. Noten la secuencia que Marcos nos presenta en este pasaje. En el versículo 7 dice que enseñan mandamientos de hombres, en vez de Enseñar las Escrituras; en el versículo 8 dice que dejan el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición; en el versículo 9 dice que violan el mandamiento de Dios; y en el versículo 13 dice que invalidan o cancelan la Palabra de Dios.

El legalismo es algo serio, porque es imposible aferrarse a las Escrituras teniendo al mismo tiempo un corazón legalista. Esas dos cosas se oponen entre sí. Yo no sé cuántas veces me he topado con este caso en los casi 39 años que tengo de ser creyente: personas a las que les compartimos el evangelio, pero que no están dispuestas a escuchar, simplemente porque es contrario a lo que les enseñaron sus padres o sus abuelos. Y lo mismo puede ocurrir entre personas que profesan la fe. Muchos tienen nociones distorsionadas del evangelio, pero cuando uno trata de corregirlos mostrándoles las Escrituras, cierran por completo sus oídos, porque sus tradiciones son más importantes que la Palabra de Dios.

Nadie, absolutamente nadie, puede honrar verdaderamente a Dios sin honrar las Escrituras. Dice en Isaías 66:2 que Dios pone Sus ojos sobre aquellos que son humildes de espíritu y que tiemblan ante Su Palabra. Es con ellos, y solo con ellos, que Dios tiene una relación de intimidad. Pero este pasaje nos muestra también que los legalistas tratan de una forma inadecuada el verdadero problema del hombre.

LOS LEGALISTAS TRATAN DE UNA FORMA INADECUADA EL VERDADERO PROBLEMA DEL HOMBRE:

Comp. vers. 14-23. Este es uno de los pasajes más neurálgicos del evangelio de Marcos. Lo que el Señor está diciendo aquí no solo es importante para entender la gran diferencia que hay entre el cristianismo y cualquier otra religión, sino también para entender por qué el mundo está como está. La mayoría de las personas se da cuenta de que algo anda mal en nuestra sociedad, pero muchos lo atribuyen a las estructuras sociales o políticas, o a la falta de educación. “Necesitamos urgentemente un cambio de sistema para que el mundo funcione como debe funcionar”.

“No”, dice el Señor, porque el problema no está en el sistema, sino en el corazón humano. Por supuesto, un sistema político puede ser mejor que otro; y tener una buena educación es mejor que no tenerla. Pero todos nosotros tenemos un problema interno que ningún sistema político, ni la mejor educación del mundo, ni ninguna práctica religiosa puede resolver.

Lo que el Señor Jesucristo nos está diciendo en este pasaje es que lo que anda mal en la sociedad somos tú y yo. Nosotros somos el problema (comp. vers. 15). ¿Escuchaste eso? Lo que te contamina no es algo externo a ti, sino lo que ya está dentro de ti. Debo aclarar que eso no quiere decir que no debamos cuidarnos de las cosas externas que pueden llevarnos a pecar. El mismo Señor dijo en otra ocasión que si tu ojo te es ocasión de caer, debes sacártelo. Y, por supuesto, no se está refiriendo a que te quedes literalmente tuerto, sino a que tomes decisiones radicales para no poner delante de ti lo que puede moverte hacia el pecado. Pero la razón por la que las cosas externas tienen ese influencia sobre ti, es porque la corrupción ya está en tu corazón (comp. vers. 20-23).

El problema no es ese jefe que te hace la vida tan difícil, o los conductores que se meten en vía contraria y te hacen desear estar manejando una patana para sacarlos del medio. No. El problema es que tienes un corazón homicida. No es la pornografía en Internet lo que te hace ver lo que no debes ver, sino la lujuria de tu corazón. La pornografía te seduce porque tienes un corazón impregnado de lascivia. La razón por la que te gusta chismear es porque tienes un corazón orgulloso y cruel que disfruta publicar las faltas de los demás para luego hacer un pedestal sobre los escombros de su reputación y exaltarte a ti mismo. Nuestro corazón es egoísta, es codicioso, es envidioso. Y ningún ritual, ni ninguna ceremonia religiosa puede resolver ese problema.

“Más engañoso que todo es el corazón”, dice en Jer. 17:9, “y sin remedio”, “extremadamente perverso”, dice otra versión. Es por eso que el legalismo no funciona, porque las reglas pueden modificar la conducta hasta cierto punto, pero no pueden de ninguna manera purificar el corazón. Recuerda: Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá… delante de mí, dijo Jehová el Señor” (Jer. 2:22). El corazón del problema es el problema del corazón, como se ha dicho muchas veces. Pero hay algo más en este texto, y esa es la parte central de este mensaje. Lo peor que tiene el legalista es que no descansa por fe en el Único que realmente puede resolver remediar el problema: nuestro bendito Señor y Salvador Jesucristo.

LOS LEGALISTAS NO DESCANSAN POR FE EN EL ÚNICO QUE REALMENTE PUEDE RESOLVER EL PROBLEMA DEL CORAZÓN:

Miren una vez más los versículos 18 y 19. Este comentario editorial que Marcos añade entre paréntesis es muy importante. En el AT había una serie de leyes dietéticas que regulaban lo que un judío podía comer. En ese sentido habían alimentos que eran “limpios” y otros que no lo eran. Pero ahora Marcos nos dice que Jesús declaró limpios todos los alimentos. ¿Cómo puede ser eso si el Señor siempre respetó cada mandamiento de la ley? Muy sencillo. Pablo dice en Colosenses 2:17 que todas esas regulaciones dietéticas no eran más que una sombra que apuntaba hacia Jesús.

Como decíamos anteriormente, todas esas leyes del AT que tenían que ver con la limpieza ceremonial tenían la intención de mostrarle al judío la necesidad que tenían de purificarse para poder estar en la presencia de Dios. La razón por la que Cristo declaró limpios todos los alimentos es porque todas esas leyes ya cumplieron su cometido. Su única razón de ser era preparar al pueblo de Dios para la llegada de Aquel que iba a proveerles la verdadera purificación del corazón: nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Cuando el legalista sigue esforzándose por alcanzar el favor de Dios a través de su obediencia a un conjunto de reglas, lo que está haciendo en realidad es rechazando el único medio que Dios ha provisto para acercarnos a Él y bendecirnos: nuestro bendito Señor y Salvador.

Hay un pasaje del AT que presenta esta enseñanza de una forma increíblemente impactante. Se encuentra en el capítulo 3 del profeta Zacarías, el penúltimo libro del AT. Es un pasaje lleno de simbolismo que comienza con una visión en la que el profeta ve al sumo sacerdote llamado Josué en el templo de Jerusalén, delante del ángel del Señor. El templo de Jerusalén tenía tres partes: un patio exterior, un patio interior y el lugar santísimo, donde solo entraba el sumo sacerdote una vez al año, en el día de la expiación.

La preparación para ese día era sumamente meticulosa. Una semana antes el sumo sacerdote se aislaba de todo el mundo para que no tocara nada inmundo, ni siquiera por accidente. La noche antes se quedaba sin dormir, orando y leyendo la Palabra de Dios. A la mañana siguiente se lavaba de pies a cabeza y se vestía de lino blanco, completamente puro. Entonces entraba en el lugar santísimo y presentaba un animal sacrificado como expiación por sus propios pecados. Después salía afuera del lugar santísimo, volvía a bañarse otra vez y le ponían otra túnica de lino. Entraba de nuevo en el lugar santísimo para presentar otro sacrificio por los pecados de los sacerdotes. Y finalmente repetía el mismo ritual, esta vez por los pecados de todo el pueblo.

Estos datos son importantes para entender lo chocante que tuvo que haber sido la visión que recibió Zacarías en aquella ocasión, porque él vio a Josué en el día de la expiación, vestido de ropas viles, dice en el versículo 3, literalmente salpicadas de estiércol. Josué estaba completamente contaminado.

Un erudito del AT llamado Ray Dillard, nos dice que todo esto no era más que una representación de nuestra condición de impureza delante de Dios. No hay manera de que nosotros podamos encontrar purificación por nosotros mismos. Pero ahora escuchen lo más sorprendente de este pasaje. Dice en el versículo 4 que el Ángel del Señor ordenó a los que estaban delante del sumo sacerdote que le quitaran esas vestiduras contaminadas; y entonces le dice a Josué: “Mira que he quitado de ti tu iniquidad y te vestiré de ropas de gala”. Versículos 8 y 9: “Pues he aquí, Yo voy a traer a mi siervo, el Renuevo… y quitaré la iniquidad de esta tierra en un solo día”.

Imaginen a Zacarías escuchando esto. Durante siglos el pueblo de Israel había estado presentando sacrificios de animales en el día de la expiación, porque nunca podían purificarse de una vez por todas de sus pecados. ¿Y ahora Dios está diciendo que iba a llegar a un día en el que ya no sería necesario hacer más sacrificios, porque Él borraría por completo toda iniquidad? ¿Cómo puede ser eso posible? “Siglos más tarde” – dice Ray Dillard –, “otro Josué apareció”. El nombre “Josué” es el equivalente hebreo del nombre “Jesús”. Y este nuevo Josué llevó a cabo un proceso a la inversa: Él fue desnudado de sus ropas de gala para ser vestido con nuestros pecados, al asumir nuestra culpa en la cruz del Calvario, para que todos los que creen en Él puedan ser vestidos de lino fino, limpio y resplandeciente, como dice en Ap. 19:7-8. Comp. 2Cor. 5:21. En un solo día, Jesús quitó el pecado para siempre por medio del sacrificio de Sí mismo (comp. He. 10:11-14).

Es extremadamente importante que nos prediquemos este mensaje del evangelio cada día, y nos recordemos que nuestra aceptación delante de Dios depende enteramente de lo que Él hizo a nuestro favor con Su vida y con Su muerte, porque todos nosotros somos legalistas en recuperación. Cuando nos convertimos al Señor se instaló en nuestros corazones el sistema operativo de la gracia. Ahora entendemos que la salvación es un regalo gratuito que Dios nos conceda únicamente por causa de Cristo. El problema es que el pecado todavía mora en nosotros como una especie de virus cibernético que intenta corromper el sistema operativo de la gracia para llevarnos de nuevo al sistema operativo de las obras. Y cuando eso ocurre, el monstruo del legalismo vuelve a levantar su horrible cabeza otra vez, obstaculizando en nosotros el proceso de santificación por el que estamos siendo conformados cada vez más a la imagen de Cristo.

El legalismo nos vuelve inseguros y orgullosos al mismo tiempo; nos hace ser hipercríticos y arrogantes, mientras tratamos por todos los medios de reafirmar nuestra identidad a través de lo que hacemos o dejamos de hacer. El legalismo nos aleja de Jesús porque nos lleva a olvidar lo que Él hizo a nuestro favor en la cruz del Calvario, y que separados de Él nada podemos hacer. Si eres creyente, mantente en guardia en contra del legalismo, haciendo uso del único armamento con el que contamos para defendernos: el mensaje del evangelio cuyo tema central es Cristo, y Este crucificado.

Y si aún no has venido a Cristo en arrepentimiento y fe, y continúas haciendo el esfuerzo de purificar el corazón por ti mismo, yo te invito en esta mañana a que reconozcas tu impotencia y confíes únicamente en ese bendito Salvador que entregó Su vida por nosotros en la cruz del Calvario. Es la sangre de Jesús la que nos limpia de todo pecado, dice en 1Jn. 1:7. Esa mancha del corazón no desaparecerá de allí, no importa lo que hagas, hasta que vengas a Jesús en arrepentimiento y fe. No sigas tratando de hacer, lo que solo Dios puede hacer a través de la persona y la obra de Cristo, porque Su gracia está disponible hoy para todo aquel que cree.

[1] Timothy Keller; La Cruz del Rey; pg. 104.

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Haciendo resoluciones en fe

ene 06, 2016 | Sugel Michelén

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Aunque muchos creyentes aprovechan el fin de año para hacer algunas resoluciones, también hay muchos que prefieren no hacerlas; ya sea por temor al fracaso o por el hecho de que hacer resoluciones puede sonar un tanto presuntuoso: “Voy a leer la Biblia completa en 2016”; o “Voy a romper con ese hábito pecaminoso con el que he tenido que luchar a lo largo de mi vida cristiana”; o “Voy a ver menos TV y estar menos pendiente al Facebook, para leer por lo menos 3 libros cada mes durante este año”. Este tipo de resoluciones puede dar la impresión de que el creyente está dependiendo de su propia decisión para crecer espiritualmente.

Sin embargo, en 2 Tesalonicenses 2:11-12 vemos que es correcto que un creyente tome resoluciones en su vida, siempre y cuando se ampare completamente en el poder de Dios y no en sus propias fuerzas.

“Por lo cual asimismo oramos siempre por vosotros, para que nuestro Dios os tenga por dignos de su llamamiento, y cumpla todo propósito de bondad y toda obra de fe con su poder, para que el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, por la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo”.

La frase que se traduce como “deseo de bondad” contiene la idea de propósito o resolución de perseguir aquello que nos parece bueno o apropiado. Es por eso que la Nueva Versión Internacional traduce el texto de esta manera: “Por eso oramos constantemente por ustedes, para que nuestro Dios los considere dignos del llamamiento que les ha hecho, y por su poder perfeccione toda disposición al bien y toda obra que realicen por la fe”.

Pablo está compartiendo con los creyentes en Tesalónica las cosas que él pide por ellos en oración; y una de ellas es que Dios lleve a cabo los deseos que ellos tienen de perseguir lo que es bueno, y todo eso con el propósito de que puedan llegar a ser dignos de su llamamiento. De manera que Pablo está conectando aquí, en la misma petición, el llamamiento de Dios por un lado y nuestras resoluciones por el otro. Él está pidiendo en oración que Dios nos mueva a perseguir aquellas resoluciones que nos ayuden a ser cada vez más coherentes con el llamamiento que Él nos ha hecho.

Si lo desea, puede ver el mensaje completo en este enlace:

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El primer himno de Navidad

dic 22, 2015 | Sugel Michelén

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Dentro de unos días el mundo estará celebrando la Navidad, en la que supuestamente se conmemora el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Y aunque no sabemos con certeza cuál el es el día en que Jesús nació, la fecha tradicional está tan arraigada en nuestra sociedad, que aun en las iglesias los himnos navideños se cantan generalmente alrededor del 25 de diciembre.

Eso realmente es una pena, porque si hay un evento de la historia de la redención que los cristianos debiéramos recordar y celebrar, es la encarnación de la segunda persona de la Trinidad. Esto es algo digno de ser cantado por el pueblo de Dios en cualquier época del año. De todos modos, me alegro de que en estos días se desempolven algunos himnos navideños, porque es edificante para nuestras almas alabar a Dios por el regalo que nos ha dado en Su Hijo.

Y lo que vamos a hacer en esta ocasión es tomar la letra del primer himno navideño que alguna vez fue compuesto, para meditar en el verdadero significado de la Navidad. ¿Para qué vino Jesús al mundo? ¿Qué fue lo que Dios llevó a cabo con la encarnación de Su Hijo? Ese es el tema del canto de alabanza angelical que encontramos en Lc. 2:14:

“¡Gloria a Dios en las alturas, 
Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!”

De acuerdo a este cántico, Cristo nació para la gloria de Dios y para traer paz a los hombres. Nosotros recibimos un beneficio extraordinario por causa de Su nacimiento; pero el foco primario del mensaje angelical es la gloria de Dios, no el beneficio nuestro.

De hecho, no podemos entender apropiadamente el significado de la Navidad, a menos que tomemos la gloria de Dios como punto de partida. Como bien ha dicho alguien, nosotros no podremos apreciar realmente lo que significa el nacimiento de Cristo para la humanidad a menos que apreciemos primero lo que significó este evento para Dios mismo. Cristo nació para la gloria de Dios.

 

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Un salvador compasivo y suficiente

dic 08, 2015 | Sugel Michelén

Un salvador compasivo

En Marcos 6:30-44 vemos al Salvador haciendo uno de sus milagros más importantes. Es tan importante que es el único milagro, aparte de su resurrección, que es registrado por los cuatro evangelistas. Encontramos a los apóstoles en camino a buscar un descanso después de informar a Jesús todo lo que habían hecho y enseñado. Más en el camino su reposo fue interrumpido por una multitud.

Una multitud en gran necesidad y un salvador que se compadece.

Nuestro salvador Jesús no es un Salvador frío y distante. Él realmente se compadece de los que están en aflicción. La manera en la que Jesús le enseñó su corazón compasivo fue enseñándoles la Palabra de Dios. Él sabía que necesitaban el alimento de la Palabra de Dios. Una de las maneras principales en las que los pastores les muestran su amor a sus ovejas es enseñándoles fielmente la Palabra de Dios sin alteración.

Una multitud hambrienta y un salvador todo suficiente para satisfacer todas nuestras necesidades.

En ese momento los apóstoles estaban tan atentos al problema de tener a estos 5,000 hombres con necesidad de alimento que perdieron de vista la solución que estaba frente a sus ojos. Eso es lo que pasa cuando comenzamos a andar por vista en lugar de andar por fe. Mirar la realidad a nuestro alrededor únicamente con los ojos de la cara no nos ayuda a ver mejor.

La multiplicación de los panes es una representación gráfica del evangelio. El Señor Jesucristo vino a saciar al alma hambrienta a través de su propia muerte en la cruz del calvario porque es un Salvador compasivo, porque es un Salvador lleno de gracia. “Yo soy el pan de vida, dice el Señor” (Juan 6). Este milagro no es más que el preámbulo del Gran Banquete de Salvación que Dios ofreció en la cruz del Calvario.

Este milagro es muy importante. Jesús se presenta como el Dios Todopoderoso que puede proveer para nuestras necesidades. Podemos derivar de esta historia varias lecciones. En primer lugar vemos que el verdadero descanso del alma no se encuentra en una vida libre de problemas. El verdadero descanso del alma se encuentra al contemplar la compasión, la gracia, el poder, la sabiduría, la bondad, la misericordia de nuestro Dios. Es Jesús quien da descanso al alma. Nuestro Dios es un Dios generoso quien va a proveer lo que realmente necesitas.

Segundo, las necesidades de los demás no son interrupciones en el camino, sino momentos de gracia. Muchos en la iglesia no necesitan descanso como los apóstoles porque son meros espectadores de la iglesia. Están muy ocupados en su reino personal para invertir su vida en servir a las necesidades de los demás. Por último, aprendemos que Jesús es el único que puede satisfacer al alma hambrienta por medio de su cuerpo. Por medio de su muerte. Por medio de su obra de redención.

Si deseas escuchar este mensaje completo, puedes hacerlo aquí:

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Cuando la luz confronta las tinieblas

nov 23, 2015 | Sugel Michelén

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Al leer en las noticias acerca de las persecuciones que están sufriendo muchos cristianos en otros lugares del planeta, por un lado nos escandaliza y entristece; pero por el otro lado, nos parece algo tan lejano a nuestra experiencia. Nosotros vivimos en Occidente en una condición muy distinta a la que viven muchos de nuestros hermanos en países como Siria, Irán o Corea del Norte. Por la soberanía de Dios, nosotros disfrutamos de una libertad que ellos no tienen y, en sentido general, podemos decir que no corremos los mismos riesgos que ellos corren por causa de nuestra fe.

Sin embargo, a pesar de eso no debemos olvidar que el mismo principio de maldad y de rechazo que se encuentra operando en aquellos países donde los cristianos son perseguidos abiertamente es el mismo que opera en países como los nuestros, aunque se manifieste de una forma mucho menos agresiva y más sutil.

El Señor advirtió claramente a Sus discípulos que serían aborrecidos por el mundo por causa de Su nombre, y que aun sus propios familiares se volcarían contra ellos por el simple hecho de estar asociados con Él. “Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí” (Mt. 5:11). El mundo aborrece a Cristo y, por esa misma razón, aborrece a todo aquel que le sigue y quiere serle fiel, por la sencilla razón de que el Cristo que se revela en las Escrituras representa todo lo que el hombre rechaza.

Ese Cristo nos recuerda que no somos pequeños dioses alrededor de los cuales debe girar el universo, sino mas bien pecadores condenados que merecemos justamente la ira de Dios por causa de nuestros pecados. Ese Cristo nos confronta con nuestra impotencia y nuestra maldad, y nos hace ver que nuestra decencia y nuestras buenas obras no sirven de nada para ganar el favor de Dios, porque esa moneda no circula en el reino de los cielos.

De manera que es imposible que sigamos y prediquemos a ese mismo Cristo sin cosechar ninguna consecuencia en este mundo caído. Esa es una de las grandes lecciones que aprendemos en Marcos 6:14-29 donde se narra la muerte de Juan el Bautista. Si desea ver la exposición de este pasaje, puede hacerlo aquí:

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Hombres ordinarios con una obra extraordinaria

nov 17, 2015 | Sugel Michelén

Hombres ordinarios

En Marcos 6:1-6 vemos que Jesús fue rechazado por los habitantes de la ciudad de Nazaret, el pueblo en el que Jesús se crió y donde pasó los primeros 30 años de Su vida, antes de comenzar Su ministerio público. Pero la incredulidad humana no puede detener la obra de Dios; y en los siguientes versículos, a partir de la segunda mitad del versículo 6 y hasta el versículo 13, no solo vemos que Jesús continúa predicando la Palabra en otros lugares de Galilea, sino que también encomienda a Sus discípulos seguir haciendo lo mismo que le habían visto hacer a Él desde el inicio de Su ministerio.

Este pasaje marca una transición extremadamente importante en el evangelio de Marcos, porque hasta ahora los discípulos habían sido meros espectadores del ministerio del Señor; pero ahora Jesús iba a delegarles Su poder y autoridad para que ellos continuaran predicando como Él predicó y haciendo lo que Él hizo. Y aunque no todas las directrices que el Señor les dio en aquel momento se aplican literalmente a nosotros en el día de hoy, hay varios principios que se deducen de este pasaje y que todo cristiano debe aplicar en su propia involucración en el avance del reino de Dios, independientemente del lugar y la época en que nos toque vivir y ministrar.

Si tú eres un creyente, tú también has sido llamado por el Señor a involucrarte de alguna manera en el avance de Su reino. Y si te sientes insuficiente para una tarea de esta envergadura, la enseñanza de este pasaje debe ser motivo de aliento y estímulo, porque una de las cosas que vemos aquí es que Dios usa hombres ordinarios para llevar a cabo una labor extraordinaria.

Si deseas escuchar este mensaje completo, puedes hacerlo aquí:

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La tragedia de la incredulidad

nov 12, 2015 | Sugel Michelén

Durante la mañana de este domingo pasado, compartimos en IBSJ la exposición de Marcos 6:1-6, con un sermón titulado “La tragedia de la incredulidad”. Allí pudimos ver que, aunque los habitantes de Nazaret reconocen la sabiduría y el poder de Jesús, ellos deciden rechazarlo en contra de toda evidencia. En vez de postrarse delante de Él y reconocerle como Señor, reaccionan con incredulidad, porque Jesús era muy familiar para ellos (Mr. 6:2-3). La reacción de Jesús ante la incredulidad de la gente no fue una pasiva. Su incredulidad era un insulto para Jesús, de la misma manera que nuestra incredulidad es un insulto a quien Dios es (Mc. 6:4). La incredulidad de esta gente vino a ser un obstáculo para recibir los beneficios de gracia del Dios de toda gracia (Mr. 6:5). La incredulidad de estos hombres y de Nazaret causó una profunda tristeza en el corazón del Señor (Mr. 6:6).

Debido a la condición espiritual del hombre, es sorprendente que una persona, un ser humano racional, ante toda la evidencia de Dios se rehúse a creer. Puesto que el hombre en su pecado no quiere creer, es sorprendente que crea. Solo Dios en su gracia puede obrar en el corazón de un incrédulo y hacerlo creer, como sucedió, de hecho, con los hermanos de Jesús (compare Jn. 7:5 con Hch. 1:13-14). Usted es responsable de su incredulidad, pero de Dios es la gloria de que pueda creer, porque “la salvación es del Señor” (Jonás 2:9).

Si le interesa, puede ver el sermón completo aquí debajo:

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Primer síntoma de decadencia espiritual: ausencia de gozo y deleite en Dios

abr 06, 2015 | Sugel Michelén

TristezaDice la Escritura que el corazón del hombre es engañoso. Consecuentemente, no resulta una tarea fácil escudriñar el corazón, sobre todo tomando en cuenta todas las sutilezas que el pecado usa para engañarnos y la tendencia que todos tenemos a justificarnos a nosotros mismos. Es por esa razón que muchos creyentes comienzan a declinar en su fe sin darse cuenta y cuando vienen a despertar ya están sumidos en una condición deplorable.

A la luz de esa realidad, toda persona que profese ser creyente debe conocer cuáles son los síntomas de que ese proceso de decadencia espiritual está comenzando en su corazón, porque si descubrimos ese proceso en sus inicios será más fácil detenerlo y erradicar el mal.

En un libro titulado, La Declinación Personal y el Avivamiento de la Religión en el Alma, Octavius Winslow enumera algunos de los síntomas de un creyente que ha comenzado a decaer espiritualmente. En este artículo trataremos con el primero:

Ese estado de decadencia espiritual se caracteriza, no por una declinación marcada en nuestra percepción de la verdad, sino en la ausencia de gozo y deleite espiritual.

Este creyente continúa teniendo percepción de la verdad, puede definir los puntos principales de su fe y explicar teológicamente la interrelación de cada uno de ellos. Pero aun así no está experimentando el gozo y el deleite que deben producir tales doctrinas en el corazón.

Dice Winslow al respecto: “El juicio no habrá perdido nada de luz, pero el corazón sí habrá perdido mucho de su fervor; las verdades de la revelación, especialmente las doctrinas de la gracia, ocuparán la mismo posición que tenían antes… pero aun así la influencia de estas verdades serán escasamente experimentadas”.

Este creyente puede encontrarse en el culto congregacional, cantando junto a todos los demás acerca de la majestad de Cristo y de su obra redentora. Con su mente él está captando perfectamente el significado de cada una de sus palabras, pero su corazón no reacciona con el gozo y la confianza que esas verdades deberían producir en un verdadero hijo de Dios.

Los hermanos que están a su lado no pueden darse cuenta de que algo no anda bien, porque él está haciendo exactamente lo mismo que están haciendo todos los demás. Él no ha llegado a ese estado tan profundo de deterioro donde el creyente ni siquiera abre su boca para cantar. Pero su corazón no está involucrado en esa actividad de alabanza (comp. Mt. 15:8).

Alguien ha dicho muy acertadamente que la religión que no se deleita en Dios no es religión verdadera. Si has llegado al punto en que no encuentras deleite en Dios y en Su verdad revelada; aunque conozcas tales verdades, y tu mente siga creyendo en ellas, debes saber que estás comenzando a padecer de decadencia espiritual. Todo verdadero creyente es susceptible de pasar por períodos de frialdad espiritual; pero no podemos quedarnos en esa condición; de inmediato debemos volver a Cristo en arrepentimiento y fe.

En otros artículos continuaremos exponiendo otros síntomas que nos ayuden a hacer un diagnóstico certero del estado espiritual en que se encuentran nuestras almas.
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¿Cuál es la causa de la decadencia espiritual?

abr 01, 2015 | Sugel Michelén

AlejamientoSi hay una enseñanza vital de la vida cristiana práctica es que la vida espiritual que derivamos de Cristo se alimenta y fortalece de Cristo mismo. En el momento en que somos salvados, el Espíritu de Cristo viene a morar en nosotros comunicándonos la vida espiritual de Cristo y Sus características.

En Jn. 14:19 Cristo dice a Sus discípulos: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis”. Y en Jn. 15:4-5: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (comp. Gal. 2:20).

Muchas veces hablamos de la vida eterna como algo que se nos da, y eso no es incorrecto en sí mismo (Pablo dice en Ef. 2:9 que la salvación es un regalo de Dios); pero es más preciso decir que la vida eterna es algo que compartimos. Por el hecho de estar en Cristo somos hechos partícipes de Su vida.

Juan nos dice en su primera carta que “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1Jn. 5:12). Y en el vers. 20 añade: “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en Su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna”.

Es por eso que el NT hace un uso tan frecuente de la expresión “en Cristo” o frases similares (Pablo usa ese tipo de expresión unas 216 veces en sus cartas). Todo lo que somos y todo lo que tenemos se debe únicamente al hecho de que estamos en Cristo.

Es a eso que se refiere el Señor en Juan 6 cuando dijo a los judíos que si querían ser salvos debían comerlo y beberlo. Cuando nosotros comemos y bebemos los alimentos que sostienen nuestra vida física, esos alimentos vienen a ser parte constituyente de nuestro cuerpo. Y lo mismo ocurre a nivel espiritual. Cuando creemos en Cristo, nos estamos apropiando de Él, y Su vida espiritual con sus características pasa ahora a ser nuestra (comp. Jn. 6:47-58).

Por eso decimos que el cristianismo es Cristo. Estamos vivos espiritualmente porque Él mora en nosotros por Su Espíritu; y ahora podemos ser santos porque Él está obrando en nosotros para hacernos cada vez más semejantes a Él.

Son esas características de Cristo las que Pablo describe en Gal. 5:22-23 como el fruto del Espíritu. La diferencia entre Él y nosotros, es que en la Persona de Cristo esas gracias son intrínsecas y perfectas; mientras que en nosotros son derivadas y necesitan ser perfeccionadas. ¿Cómo? Supliéndonos constantemente de la fuente de la que se derivan: Cristo mismo.

Juan nos dice en su evangelio que la Ley nos fue dada por medio de Moisés, “pero (que) la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Jn. 1:17). Él es la fuente por la cual fluyen todas las gracias de Dios a nuestras vidas.

Pero, ¿cómo podemos, en una forma práctica, alimentarnos de Cristo? De la misma manera como llegamos a ser partícipes de Él: por medio de la fe. ¿Qué quiso decir el Señor cuando habló de que Él era el Pan de Vida, y que sólo comiéndole a Él podíamos tener vida eterna? El Señor estaba hablando aquí de depositar toda nuestra fe en Él y apropiarnos de Él en todos Sus oficios: como nuestro Profeta, nuestro Sacerdote y nuestro Rey.

Así como el Espíritu de Cristo vino a morar en nosotros cuando fuimos salvados, comunicándonos de ese modo la vida de Cristo y Sus características, esa vida y esas características son ahora desarrolladas y fortalecidas en la misma medida en que continuamos alimentándonos de Cristo por la fe.

Es por fe que contemplamos la gloria de Cristo, Su persona, Su obra de salvación, Su perdón continuo, Sus oficios como Profeta (revelándonos la verdad de Dios), como Sacerdote (intercediendo por nosotros ante Dios) y como Rey (teniendo pleno derecho de gobernar nuestras vidas).

Y cuando miramos a Cristo constantemente con los ojos de la fe, contemplando Su majestad para adorarle, Su santidad y bondad para imitarle y Su redención para agradecerle, entonces las gracias que Él impartió en nosotros se fortalecen y desarrollan (comp. 2Cor. 3:18).

El ministro puritano John Owen dice al respecto: “Cuando la mente es llenada con pensamientos de Cristo y de Su gloria, cuando el alma se adhiere a Él con intensos afectos, esto echará fuera, y no permitirán la entrada, de aquellas causas que provocan debilidad e indisposición espiritual” (Owen; vol. 1, pg. 461).

Y en otro lugar añade: “¿Hemos descubierto en nosotros decaimiento en la gracia…? ¿Mortandad, frialdad, adormecimiento, algún tipo de tontera y de insensibilidad espiritual? ¿Hemos descubierto lentitud en el ejercicio de la gracia en su momento apropiado…? ¿Quisiéramos ver nuestras almas recobrarse de estas enfermedades peligrosas?… No existe una mejor manera de ser sanado y librado; más aún, no existe otra manera que no sea ésta: obtener una fresca visión de la gloria de Cristo por fe… La contemplación constante de Cristo y Su gloria, ejerciendo un poder transformador que reavive todas las gracias, es el único socorro en este caso” (Ibíd.; pg. 395).

¿Qué tanto ocupas tus pensamientos en meditar en la gloria de Cristo? ¿Qué tanto procuras imitarle? ¿Qué tanto le manifiestas tu amor y tu adoración? ¿Qué tanto profundizas en el estudio de Su Persona y Su obra a través del estudio cuidadoso y reflexivo de la Escritura?

La vida cristiana no se vive simplemente siguiendo una serie de reglas o creyendo una serie de doctrinas (por más importantes que las doctrinas sean para una vida cristiana vigorosa). La vida cristiana práctica consiste en comunión con Cristo. Por estar en Él estamos espiritualmente vivos, y sólo en comunión con Él podemos estar saludable y vigorosamente vivos.

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¡Cuidado con la decadencia espiritual!

mar 30, 2015 | Sugel Michelén

Flor mustiaEl hecho de que la salvación sea segura para el que realmente la tiene de ningún modo debe llevar al creyente al descuido y la pereza, porque el pecado todavía mora en nosotros; y no como una bomba desactivada o un volcán extinguido. Como hemos dicho muchas veces, el pecado ha dejado de ser nuestro rey, pero sigue siendo nuestro enemigo, y su meta es llevarnos a lo peor; esa es la lección del apóstol Pablo en Romanos 6, así como en 7:14-25, por sólo citar algunos.

Octavio Winslow dice al respecto que en todos nosotros hay una tendencia “secreta, perpetua y alarmante de alejarnos de Dios”. Y si esa tendencia no es vigilada y mantenida a raya, puede apartarnos sutilmente de nuestra comunión íntima con Él y causar serios daños a nuestra vida espiritual. 
“Tal desvío – sigue diciendo Winslow – devora al alma de su vigor, de su fuerza, de su energía espiritual; e incapacita al creyente, por un lado, para servir, amar, obedecer y deleitarse en Dios; y por otro lado, para resistir las tentaciones de la carne, el mundo y Satanás”.

Noten que aquí no estamos hablando de un pecado en particular. Nos referimos, más bien, a un estado de deterioro en el que las gracias que Cristo ha implantado en nosotros, tales como la fe, el amor, el gozo, la esperanza, la mansedumbre, se encuentran en franco decaimiento; es un estado en el que nuestra comunión con Dios ha descendido a su mínima expresión.

Y lo terrible de esta condición es que comienza de una manera sutil, secreta, imperceptible para las personas que nos rodean, y a veces hasta para nosotros mismos. En lo que respecta a la conducta externa, éste creyente no se distingue de los demás hermanos de la Iglesia. Pero su alma se encuentra en un franco y abierto deterioro espiritual. No hay vigor en su fe, no hay incremento en su amor, no experimenta el gozo de saberse perdonado y de pertenecer a Cristo, ni el gozo de la obediencia; no vive amparado en la esperanza, no manifiesta humildad y mansedumbre; y su comunión con Dios es rígida, externa, ritualista.

Y nos preguntamos, ¿cómo es posible que un verdadero creyente caiga en un estado espiritual tan penoso? Antes de responder esta pregunta, permítanme corregir un concepto equivocado que muchos tienen al evaluar el estado de su vida espiritual. Algunos creyentes se dan cuenta que algo no anda bien en su vida cristiana, que su piedad y su relación con Dios han decaído, lo mismo que su servicio en el reino. Pero al querer encontrar la causa de su deterioro caen en lo que podemos llamar el síndrome adámico. ¿Qué hizo Adán cuando Dios lo confrontó con su pecado? Le echó la culpa a su mujer. Y ¿qué hizo la mujer? Echarle la culpa a Satanás. Todos son culpables de mi desgracia, menos yo.

Sin embargo, según la evaluación divina en Génesis 3, cada uno fue responsable de su pecado y cada uno recibió la consecuencia de sus actos. Querido hermano, querida hermana, ninguna causa externa a ti puede ser responsable de tu decadencia espiritual. Ese mal comenzó en tu corazón y se desarrolló en tu corazón (comp. Mt. 15:17-20).

Si quieres encontrar a quien echarle la culpa de tu condición seguramente lo vas a encontrar, pero no vas a solucionar tu problema. Puede que al principio te haga sentir mejor contigo mismo, pero la fuente de tu decadencia seguirá produciendo productos tóxicos que no te permitirán salir del estado en que estás.

Y, por supuesto, cuando achacamos la culpa de nuestro mal a una causa equivocada, inevitablemente vamos a llegar a una solución equivocada. Es por eso que muchas personas cifran la esperanza de su mejoría en un cambio de circunstancia: “Un cambio de aire me vendrá bien; tal vez si cambio de amistades, o de iglesia, o de trabajo, incluso de país, puede que mi situación mejore”.

Pero si entendemos que el mal radica en nuestro propio corazón, entonces podremos aplicar la medicina apropiada en el lugar apropiado. ¿Cuál es, entonces, la verdadera causa de la decadencia espiritual? Hablaré un poco acerca de esto en la próxima entrada, si el Señor lo permite.

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